En la prisión de la vergüenza

Fonte: EL PAÍS.

EL PAÍS ha recorrido la implacable maquinaria de Guantánamo. Hablan desde el jefe de los interrogadores hasta el contraalmirante. Sus métodos quedan al descubierto

Después de haber dirigido o analizado unos 30.000 interrogatorios, Paul Rester cree saber algo sobre los presos de Guantánamo.

Aunque medio mundo lo calificaría simplemente como el jefe de los torturadores, Paul Rester ocupa el cargo de director del Joint Intelligence Group (JIG, Grupo Conjunto de Inteligencia) y es, ciertamente, la persona que más sabe sobre los presos de Guantánamo. Por eso, su despacho en el segundo piso del cuartel general de la base norteamericana en esta bahía del sureste de Cuba es uno de los más solicitados y menos asequibles de todo el complejo.

Su nombre sólo salió a la luz después de que accediese a conceder una entrevista exclusiva a la cadena de televisión ABC para negar que sus interrogadores torturen. Documentos conocidos recientemente revelan que es muy posible que la actual Administración norteamericana permita que se someta a los detenidos a daños como la hipotermia, la privación del sueño o la simulación de asfixia sin considerar que eso sea legalmente torturar. Pero lo cierto es que Paul Rester, un civil, insiste a EL PAÍS en que ni él ni sus hombres -270 fijos y numerosos invitados- torturan.

"No somos torturadores. Yo estoy aquí rodeado de todos estos manuales que marcan estrictamente las condiciones de nuestro trabajo. Y le digo, categóricamente, que no torturamos. El hecho de que los detenidos no sean reconocidos como prisioneros de guerra no impide que respetemos el espíritu de la Convención de Ginebra", asegura el director del JIG.

Este reportaje profundizará más adelante en las condiciones de vida de los presos (las que están a la vista) y en las numerosas denuncias presentadas contrarias a la versión de este funcionario. Pero Paul Rester ha decidido correr el riesgo de desvelar su identidad después de 40 años dedicado a la inteligencia militar para defender su misión en Guantánamo.

Y defenderla no sólo en lo que afecta al trato a los presos, sino en cuanto al valor de la información que éstos van día a día revelando. Hombre hosco y de pocas palabras, a Rester no le preocupa el rumbo legal que tome Guantánamo, ni siquiera la suerte de los presos. "Yo no estoy aquí", según confiesa, "para obtener información que permita después declararles culpables, yo no estoy aquí para satisfacer los deseos de fiscales ni de nadie. Yo sólo estoy aquí para sacar información útil para la seguridad nacional".

Esa información, cuidadosamente desmenuzada y contrastada con otras fuentes -Rester viaja con frecuencia a Oriente Próximo-, es remitida "a quienes tienen que conocerla". Alrededor de un millar de personas del sofisticado entramado de la inteligencia y la seguridad norteamericanas leen diariamente la información que él obtiene. El uso que posteriormente hagan de ella está fuera de la responsabilidad de este hombre.

Hay muchos que dudan en Estados Unidos de que, después de varios años aquí (un número considerable de los presos actuales llegaron poco después de abrirse la prisión, en enero de 2002), los detenidos suministren aún información valiosa sobre potenciales amenazas contra este país, aun aceptando que se trate de los peligrosos terroristas que sus captores dicen que son.

Rester opina que sí. "No seguiríamos con los interrogatorios si no tuviéramos todavía muchas preguntas concretas que hacer en busca de respuestas concretas", afirma. En las celdas de Guantánamo se realizan cada semana entre 80 y un centenar de interrogatorios. Entre 40 y 50 presos son interrogados en ese periodo; algunos, varias veces. "Cuatro o cinco se niegan a ser interrogados y algunos se ofrecen voluntariamente", asegura el director del JIG. Según sus cálculos, sólo 110 o 120 de los alrededor de 330 presos que quedan actualmente en esta base militar son periódicamente sometidos a interrogatorios. El resto ha perdido ya todo valor para la inteligencia norteamericana, pero siguen siendo todavía formalmente demasiado "peligrosos" como para ser puestos en libertad.

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